Sergio C. Spinelli

Cuentos para leer gratis del libro Cuentos Iniciales

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Este cuento está dedicado con profundo amor y respeto al Dr. Daisaku Ikeda, mi maestro de vida."Breve et irreparabile tempus omnibus est vitae."
("El tiempo de vivir es para todos breve e irreparable.")Virgilio"El tiempo es la materia de la que he sido creado."Jorge Luis Borges


Soy un estudioso de la filosofía budista desde hace unos diez años, ya lo sabes. Intento sumergirme en la profunda corriente filosófica que comenzó en la India ochocientos años antes de la era Cristiana con Siddharta Gautama, conocido como Shakyamuni y que cobró su real sentido con Nichiren Daishonin en el Japón del siglo XIII.
Estudiar no significa comprender ni mucho menos, aprehender, esto también lo sabes. Muchos conceptos milenarios me han cambiado la vida para mejor, como también la forma de percibir la realidad y mis relaciones humanas. Pero otros se han enquistado y me han permitido entrar en otro mundo, sin fin ni comienzo. Estoy loco? Si, seguramente lo estoy o ya lo estarás pensando... intentaré brevemente explicar:
En el capítulo “Duración de la vida” (segundo) del Sutra del Loto, la eternidad de la vida está expresada por el pasaje, “No hay flujo y reflujo de la vida y la muerte, y no hay existencia en este mundo y un posterior ingreso a la extinción” (The Lotus Sutra, pág. 226, traducción de Burton Watson, Universidad de Columbia, Nueva York, 1993).Aunque es natural apreciar el nacimiento como un comienzo y la muerte como un fin, esta es una perspectiva incompleta. El Budismo enseña que nosotros repetimos el ciclo de nacimiento y muerte continuamente. Podemos aceptar esta concepción o negarla y creer que esta es la única vida y que la muerte es la ausencia de esa vida. Pero por un momento, por un breve lapso, pensemos que la vida y la muerte se suceden continuamente como ocurre a cada instante en nuestro propio cuerpo. Miles de células mueren a cada instante y son reemplazadas por otras. Que el mismo universo nace y muere en ciclos increíbles e incontables, dando nacimiento y muerte en su interior a estrellas, planetas y toda forma de vida que podamos concebir. Si no hay flujo ni reflujo de vida y muerte, si no hay existencia en este mundo ni ingreso a la extinción, significa que existe un eterno ahora. Significa que eso que llamamos tiempo, no existe.
Santo Tomás de Aquino (o era Aristóteles?) decía que mientras no le preguntaran qué es el tiempo, sabía cabalmente esa respuesta. Pero una vez que la pregunta era formulada por otro y debía poner en palabras la definición, no sabía en absoluto qué decir al respecto.
Qué extraño! justamente un budista citando a un filósofo cristiano! Pero no creas que esta aparente contradicción es lo que hace débil a mi planteo, o a mi cordura.
El mismo Platón decía que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad. Claro, en realidad, el tiempo es una invención humana. Lo hemos creado para tener fragmentos mensurables de eternidad. Si, eso es el tiempo, la división en pequeños fragmentos de la eternidad.Todo comenzó hace unos años cuando visité a la región de Ibaraki en Japón, una bella y antigua tierra montañosa, con densas neblinas y ríos caudalosos.
Mientras caminaba bajo el suave sol me encontré con dos jóvenes muchachas de no mas de quince años, vendiendo hierbas medicinales cerca de un delicioso río turquesa. Ellas llevaban una cesta bien decorada con moños rojos y dorados, llena de hierbas coloridas y de aromas atractivos e invitaban a los caminantes con vibrante voz a comprar sus mercancías. -"Konnichi-wa (Buen día)" las llamé. Me sonrieron luminosamente y me dijeron en un inglés cristalino: "Ofrecemos cualquier tipo de medicina. Escoge las que quieras."Sonreí del buen humor de ellas y pregunté en mi inglés rudimentario: "¿Tienen algo para hacerme crecer el cabello?" Se quedaron sorprendidas, pero sólo por un instante: "lo siento, acabamos de vender el último." me respondieron con chispas en sus bellos ojos negros.Mi risa, grave y potente, se escuchó rebotar por el valle y a lo largo del río a esa ingeniosa respuesta y sentí la calidez como si una suave brisa primaveral me hubiera rozado el rostro. Como dice un proverbio chino: "Aun una simple palabra dicha desde la bondad puede entibiar el corazón en el peor invierno". Y vaya si me hacía falta esa tibieza en mi corazón justo en esos momentos. Tenía asida la eternidad en mi mente y sentía el frío de la soledad subiendo por mis piernas y tomando cada centímetro de mi cuerpo.La noche anterior había soñado con un reloj de arena monstruoso, inconcebiblemente inmenso, donde en lugar de tener granos de arena, cada elemento que caía eran personas. Dentro de la botella de vidrio de tamaño colosal, cada cuerpo se deslizaba hacia un abismo sin fondo donde caían al vacío en un movimiento lento, demasiado pausado, hasta que la oscuridad y la distancia los hacía desaparecer. Nunca se vaciaba la parte superior, donde los cuerpos desnudos se entremezclaban sin importar edades ni sexo. Uno a uno lentamente caía en silencio, abriendo las bocas como mudos fantasmas.
Desperté aterrorizado y de inmediato escribí lo que en ese momento recordaba del sueño, sabiendo que si no lo hacía desaparecería de mi memoria como tantos otros. A mi lado, cuando me acuesto (sin importar donde esté), cada noche dejo una libreta y un lápiz para estos casos. Me levanté luego de escribirlo y me serví un vaso de agua mientras miraba por la ventana. La noche afuera era fresca y la densa niebla se esparcía por el valle y entre las montañas. Parecía que el tiempo estaba ausente, nada se movía, sólo el suave reptar de la niebla sobre los árboles y rocas y el sutil y milenario polvillo depositándose sobre los muebles de la habitación. Mi corazón se mantenía aún latiendo rápido, estaba siguiendo el ritmo de mis pensamientos. Un reloj gigante lleno de seres humanos, cayendo uno a uno... mediría el tiempo algo así? o era un contador de vidas, engullendo una tras otra?
Fue allí donde me percaté realmente de la estrecha relación entre los seres humanos y el tiempo. Sin alguien que lo piense, que lo sienta, lo perciba, lo experimente, el tiempo no existe. Si, claro que me acuerdo de la concepción filosófica de Kant, que establece el espacio y el tiempo como necesarios por cualquier experiencia humana, lo sé muy bien. Pero fue en ese momento en que caí verdaderamente en la cuenta.
Y justamente me caí al mediodía del tercer día DS (empecé a hablar de fechas “Antes del Sueño” –AS– y “Después del Sueño” –DS–). Caminaba solo por entre las rocas de una montaña morada, indescriptiblemente bella, escuchando el dulce canto de unas mujeres al borde del río allá abajo. Sorpresivamente se abrió el piso bajo mis pies y caí hasta que di contra unas blandas arenas, finas y blancas, que amortiguaron el golpe. Un rayo de sol se colaba por el agujero que me había tragado y por él pude calcular la altura desde donde había caído: unos nueve o diez metros! Me palpé el cuerpo que sobresalía de la arena buscando algo roto y sólo encontré los suaves granos en cada lugar y pliegues de mis ropas. Comencé a incorporarme apoyando ambas manos sobre la suave superficie y viendo con horror como se hundían sin encontrar nada sólido. Ya estaba semienterrado y cada movimiento me sumergía mas y más en la confortable y tibia arena. Sólo atiné a tomar una bocanada desesperada de aire y la arena pronto me engulló. En la total oscuridad de los ojos cerrados, sentía como los granos se escurrían por cada oído, dentro de mis fosas nasales e invadían cada parte de mi cuerpo. El aire de mis pulmones se estaba agotando y la desesperación, el horror de una muerte tan angustiante me invadió. Me debatí en silencio y desesperadamente, esperando encontrar el lugar por donde la arena se estaba escurriendo y de pronto sentí una fría brisa en el rostro y la sensación de caer. Abrí los ojos y me encontré dando vueltas en la nada, rodeado de millones de granos de arena blanca y fina cayendo conmigo. La imagen del sueño se me repitió y mi corazón latía como un potro salvaje. Tragué arena al inspirar y tosía y caía dando vueltas. Así fue como encontré las tumbas. Sí, ya sabes todo esto. Mi nombre recorrió el globo por el descubrimiento de todas las épocas. Una civilización humana de mas de veinte mil años de antigüedad, con sus registros en pergaminos sobre casi todo lo que se necesitaba saber sobre ellos. De raza negra, altos y hermosos por sus pinturas y por los cuerpos casi intactos dentro de sus sarcófagos. Las miles de tumbas eran tétricas losas de mármol negro que revestían las paredes, cubiertas de extraños jeroglíficos de oro que jamás hubiese imaginado. En el piso había símbolos astrológicos estilizados, espectrales y oscuros. Los colores predominantes eran oro y carmín, mezclados con un vívido cobre esfumado que se disolvía gradualmente en la semioscuridad. Todo esto enterrado en un pueblo del Japón.
Muchas nuevas teorías sobre el tiempo, el origen del homo sapiens, la arqueología y hasta la misma geología invadieron el mundo científico.
Decidí seguir mi vida anterior, lejos del ruido y los flashes y me fui a un pueblito perdido en China, en medio de la nada de los cultivos de arroz.
El resto del viaje transcurrió sin sobresaltos y a mi regreso seguía pensando en el sueño, en la caída, en las tumbas y en el tiempo. Esbocé teorías propias, ensayé conjeturas, imaginé universos, resolví crucigramas, pero nada me satisfacía. Mi imaginación siempre fue abundante y frondosa, pero ahora parecía mas bien pobre para responder al interrogante del reloj monstruoso. Sólo me obsesionaba el reloj con su contenido de seres humanos.
Empecé a investigar en la red, en enciclopedias, en libros, en personas conocidas, en los diarios, hasta en la gente del barrio. Nadie tenía una respuesta que no haya imaginado antes y muchos se reían perspicazmente de la imagen de la gente desnuda aglomerada. Se interesaban mas sobre esa situación, que sobre el encuentro causal (nada es casual) que se me había cruzado.Justo antes de encontrar a las muchachas vendiendo sus hierbas había pensado que cada fragmento infinitesimal de eternidad contiene a la misma eternidad, completa y condensada, como esas fotografías holográficas que, al romperse, cada fragmento contiene toda la imagen de la que era parte. Y si eso era posible, con recordar, con vivir continuamente un fragmento, uno puede aprisionar a la misma eternidad.
Y así, con la eternidad aprisionada, convertida en un poco de sabor a menta, vivimos continuamente un fragmento suspendido en el tiempo, que no existe. Es por eso que estás leyendo una vez mas este relato, aunque ya lo sepas pero no recuerdes todas las ocasiones anteriores, ni las futuras. Cuando recuerdes, la eternidad será liberada.© 2006 Sergio C. Spinelli
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