Sergio C. Spinelli
Suelo
dibujar hasta muy entrada la noche. Infaltables compañeros, el
cigarrillo y el café velan mi labor nocturna. Afuera, en la calle
empedrada, los automóviles dejan su rastro de humo como fantasmas
apurados en desaparecer en el aire dulce de marzo. La ciudad duerme y
oigo su lento respirar bajo el manto oscuro de la noche salpicada de estrellas
y recuerdos. Mi casa, pequeña y baja, es una isla de luz en la
inmensidad de la noche. No tengo muchas cosas. Dibujo
sobre una mesa vieja de madera noble y dura, gastada por el roce de los
manteles y las hojas, incontables desayunos sin terminar y multitudes
de imágenes como pedazos de mi propia existencia. Más allá
está la computadora latiendo con su corazón de silicio y
cristal, intrincada red de cobre y plástico acercando mundos distantes
y extraordinarios, inalcanzables si no fuera por la maravilla de las iridiscentes
perlas rodando velozmente por el hilo telefónico. En ciertas ocasiones
dejo la labor artesanal del dibujo a pincel para sumergirme en ese mundo
de colores luz y pinceles de electrones aislándome del mundo que
me rodea para salir, paradójicamente, al mundo de las infinitas
posibilidades de comunicación. Autismo circundante, comunicación
redundante, soledad, de todos modos. El tablero de dibujo duerme allí,
en un rincón, solitario testigo de mi dolor. Todavía está
el boceto sin terminar, amarillento y cubierto por una delgada capa de
polvo de años, luna y amor. Nunca más toqué el tablero
y su dibujo pegado como una segunda piel, esperando incansablemente que
ella lo termine, que le dé el álito de vida con su mano
de marfil. Sus ojos verdes salpicados de oro y miel lograban que mis trazos
fueran mas fluidos, etéreos seres que se deslizaban raudamente
logrando intensos paisajes de tinta y acuarela. Su cabello rebelde y dorado
se reflejaba en mis ojos miopes de leer y dibujar como un poseído
y sus labios, sus eternos labios iluminando todo cuanto tocaba con su
sonrisa de perlas.
Un día apareció allí, parada en el marco de la puerta
y con el sol como una aureola de oro tras su cabeza coronada de negro
azabache. Quiero aprender a dibujar, dijo con voz femenina y serena. Yo
también, le respondí. Su risa me estremeció. Y desde
ese momento la amé.
Fueron días intensos los que siguieron. Nos amábamos a cada
instante, en cada lugar, y a toda hora. Una tarde de verano mientras terminaba
una ilustración para un libro de cuentos para chicos -un dibujo
fascinante que ella había pensado y yo había desparramado
sobre una hoja de papel francés hecho a mano, esos de bordes irregulares
y textura intensa- nos rozamos levemente los dedos en un ademán
descuidado, y bastó para encender la hoguera y llenar de chispas
y luz la casita pequeña y baja en la que comencé a conocer
la felicidad. Nos tiramos al piso y casi nos arrancamos las ropas, riendo
y besando, palpando y suspirando. Hicimos el amor frenéticamente
primero y dulcemente después, como sumergidos en un mar dulce y
tibio. Sentía su corazón latir como los pasitos de una bailarina
clásica, su boca húmeda y tierna pronunciaba mi nombre paladeando
cada letra y su cadera creaba mundos en cada movimiento. Su piel, dorada,
me fascinaba. Recorría con mis labios cada centímetro, inspeccionando,
hurgando, incorporando cada célula a mi propia memoria. Mientras
alcanzábamos la cima, la cumbre, la estratósfera de la pasión,
abrazados y empapados de amor, golpeamos el tablero y el frasco de tinta
china rodó. Detrás del frasquito vinieron los pinceles,
las espátulas, el vaso con agua, la huevera con los colores preparados
listos para usar, las gomas, tijeras, cortantes y cuanto elemento de dibujo
teníamos allá arriba. Terminamos pintados con acrílicos
y tinta china bajo un charquito de colores y sudor. Desde esa tarde no
hacíamos, pintábamos el amor.
Se mudó a casa al mes de conocernos, y desde el primer momento
que compartimos parecía que nos hubiéramos conocido desde
siempre. Después de tantos años de soledad tamaña
felicidad me aturdía. Pintaba y dibujaba poco, pero mejor que nunca.
Ella aprendía rápidamente, tenía talento y lo desarrollaba
a pasos agigantados. Me quedaba colgado de sus pestañas mientras
ella seguía con la mirada el trazo de su pincel, seguro y cargado
de emoción. Mis amigos no podían entender como un cosaco
como yo había cautivado semejante exponente de mujer, culta, inteligente,
extremadamente bella, cariñosa, dulce, comprensiva, y cuanto adjetivo
pueda desear un hombre para una mujer. Ella era todo.
Un amanecer, en una fiesta organizada por mi amigo Javier, abogado de
profesión y alcohólico por elección, nos sorprendieron
pintando en la escalera que llevaba hacia la terraza. Un poco avergonzados,
quisimos disculparnos pero Victoria, la esposa de Javier y descubridora
de nuestra pasión por pintar el amor, nos obligó a encerrarnos
en su cuarto y no salir hasta haber desfallecido de cansancio. Hombres
y mujeres nos admiraban, nos envidiaban un poquito también.
Y una noche se fué. El automóvil desapareció en el
aire nocturno llevándose su vida y mi felicidad. Cuando escuché
los frenos gritando al horror salí con el corazón apretado.
La ví acostada en la acera como si se abrazara, como si quisiera
aferrarse a su propio cuerpo que la estaba despidiendo. Me acerqué
corriendo y quise tomarle la mano pero no veía bien. Tenía
un océano en cada ojo, y los caballitos de mar y las estrellas
pugnaban por salir. Suspiró una vez, suave, despacio, y se fué.
No asistí al entierro. No recibí a nadie en casa, desconecté
el teléfono y me senté en el tablero a contemplar el dibujo
que había dejado allí, a medio camino de la vida, a medio
camino de la muerte.
Con el correr de los días creció en mí la convicción
firme que el dibujo recibiría el toque final que lo hiciera real,
posible. Ya han pasado ocho años y cerca de doscientos dibujos
de su rostro y su figura me rodean en toda la casa. Qué pésimo
ilustrador soy, finalmente. No logro acercarme siquiera un poco a lo que
ella fué. El tablero espera. Yo también. Entre café
y cigarrillos mi vida se escurre como un chorro de tinta. Dejo la puerta
abierta todas las noches porque ella siempre olvidaba las llaves.
Y allí está, el dibujo incompleto de mi rostro esperando
que regrese. Y aquí estoy, el boceto inconcluso de un hombre esperando... ©
2006 Sergio C. Spinelli