Sergio C. Spinelli

Cuentos para leer gratis del libro Cuentos Iniciales

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L O S . A M A N T E S

 

Este cuento es el último de los que fueron escritos en otras épocas, ya muy atrás en el tiempo.
No te dejes llevar ni por lo que dice ni por cómo lo dice. Es más un juego que un acto literario. Poco de lo que dice es cierto, a diferencia de los otros. Parece cruel, pero no lo es. También parece sucio, y sí, es sucio.
Es el único en este estilo y no tiene un significado oculto. Es, simplemente, un juego...


Rodolfo Quinteros tenía 28 años en ese entonces, era hijo único y vivía con su madre. Cada día se subía al colectivo atestado de gente con el mismo rostro hosco y taciturno tras sus gruesos cristales verdes. Bajaba y caminaba con ese típico modo de caminar desgarbado que tienen los hombres extremadamente flacos. Desde la parada del colcetivo recorría las cinco cuadras hasta el banco mirando continuamente al piso, indiferente a los ruidos endemoniados de esta implacable ciudad. Había nacido en La Paternal pero la familia Quinteros se mudó al barrio cuando Rodolfo tenía ocho años. Ya desdse temprana edad evidenciaba su timidez, era extremadamente huidizo y parco en las respuestas. Sus ojos pequeños siempre estuvieron semiocultos detrás de gruesos cristales de aumento, haciendo aún más conmovedora su imagen.

Los chicos del barrio lo apartaban por su apariencia frágil y por su falta de personalidad. Tras los gritos de ¡traga! ¡traga! los niños, crueles desde su pequeñez e ignorancia, lo acusaban por ser uno de los mejores alumnos del grado. Más de una vez recibió una paliza por el solo hecho de ser y estar. Yo me compadecía, pero poco podía hacer con mi cuerpito flaco y débil, parecido al de él, pero un poco más bajo. Sólo tenía la decisión y una pizca de coraje y así, cuando ya no soportaba que recibiera los golpes sin hacer nada, me interponía y amenazaba con denunciar al agresor. De esa manera alguna que otra golpiza pude evitar. En realidad, eso era posible gracias a Marcelo, un muchacho gangoso y robusto, quién no asistía a clase con nosotros porque era mucho mayor de lo que en aquel entonces éramos, y como vivía casi exactamente frente a mi casa, se había tomado la labor de cuidarme y que no me sucediera lo que a Rodolfo. De esta manera, como la fama de Marcelo de mano pesada y mirada de acero tras las palabras casi imposibles de entender habían llegado a varias cuadras a la redonda, se cuidaban mucho de atacarme. Al tomar bajo mi tutela a Rodolfo, casi con certeza que si algo pasaba, Marcelo en algún momento encontraría al agresor. No nos unía ningún afecto con Rodolfo, ningún lazo de amistad había podido establecer con aquel ser taciturno tras los cristales que empequeñecían aún más sus pequeños ojos. Era tan impenetrable que nadie sabía mucho de él y eso ayudaba para que los chicos se enardecieran.

Su padre abandonó la pequeña familia cuando Rodolfo tenía doce años. Al día siguiente de su cumpleaños se marchó con la mejor amiga de la madre de Rodolfo, una tal Anita, entrada en años y en kilos. La señora Quinteros perdió la razón junto con su matrimonio, se internó en algún lugar de su propia mente para nunca más salir. Permanecía continuamente en cama y a menudo se ensuciaba encima. La hermana de la señora Quinteros llegaba cada día cerca de las nueve de la noche para bañarla, cambiarla y darle algún alimento, tarea que Rodolfo hacía todas las tardes con mucho dolor y esfuerzo. Pero por más que pusiera todo su empeño, su tía, una mujer mucho más vieja que su madre y realmente fea, siempre le gritaba y hasta le pegaba algún cachetazo que otro porque Rodolfo comía muy poco y tenía que tirar la comida.

Madre e hijo quedaron bajo la protección económica de un antiguo amigo y compañero de correrías del señor Quinteros, el señor José Peralta, quien, desde que conoció a la que después fue la mujer de su mejor amigo, se había enamorado de una forma enloquecedora. A partir de la desaparición del señor Quinteros, Peralta aparecía una vez por semana con un ramito de flores robada en algún jardín de los que abundaba el barrio, algún juguetito barato que Rodolfo terminaba tirando a la basura siempre, y un fajito de billetes que deslizaba por la cajita de los ahorros mirando al niño con ojitos de rata. Nunca le hizo faltar a Rodolfo las palmaditas en la mejilla que hacían que el chico se mordiera el labio inferior, de pura rabia contenida. Después, Peralta se miraba en el espejo del comedor, se pasaba la mano sucia por el cabello engominado y luego entraba en la habitación de la madre silbando bajito. Rodolfo seguía escuchando el silbido mientras Peralta desde el otro lado de la puerta giraba la llave en la cerradura. El niño se quedaba con la vista clavada en la puerta empecinadamente cerrada mientras escuchaba ruidos acompasados y suspiros entrecortados, mantenía los dientes fuertemente apretados y un odio sordo latía entre sus sienes. Un sentimiento que, con el pasar de los años, crecía y crecía, y había logrado que cierta llamita de vida brillara en sus pequeños ojitos.

Año tras año Peralta continuó con sus visitas semanales, y con cada visita llevaba el eterno ramito, la baratija para Rodolfo que crecía velozmente recibiendo las palmaditas en la mejilla, y el fajito de billetes que terminaba en la caja bastante maltrecha. Hasta que la señora Quinteros decidió escapar de todos pero principalmente de sí misma, muriendo en brazos de Rodolfo mientras la cambiaba. Tosió brevemente, lo miró a los ojos -Rodolfo aún hoy jura que lo reconoció- y así, como quien cierra un libro que ya no quiere seguir leyendo, murió.

Luego del sepelio Rodolfo se encerró durante cinco días. En el banco, preocupados por su ausencia porque jamás había faltado en sus seis años de trabajo en el lugar, llamaban insistentemente por teléfono, que sonaba y sonaba. Cuando llegó el día de la visita semanal, Peralta entró sin flores, baratija ni billetes. Y sin una palabra se sentó a la mesa del comedor, justo frente a Rodolfo, quien lo miraba con el seño fruncido. Después de unos minutos Rodolfo se levantó despacio y también sin una palabra, en silencio, se metió en el dormitorio. Peralta titubeó un instante, un fugaz momento que desapareció enseguida. Se levantó y fué detrás de Rodolfo. Cerró la puerta silbando bajito.

La madre de Rodolfo, desde un retrato de madera y con rostro sonriente, sobre la repisa del comedor, tenía la vista clavada en la puerta empecinadamente cerrada mientras escuchaba ruidos acompasados y suspiros entrecortados.

© 2006 Sergio C. Spinelli

 

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